sábado, 20 de abril de 2013

...VII...


Directo a nuestro bar. Me lo enseñó cuando nos conocimos por el hecho de que las chicas que acuden allí a tomar algo son españolas. Españolitas, como las llama él. Está lejos de mi barrio. Bueno, todo está lejos; pero es su único inconveniente. Todo lo demás es un sueño para toda persona y yo no soy menos. Siempre tengo que pedir un taxi para moverme a cualquier parte. Nunca voy en coche porque ni me he sacado el carnet. ¿Para qué? Prefiero esperar a España, tengo por seguro que regresaré. Este no es mi país, es bonito, sí; me gusta el idioma, sí; pero mi lugar materno es sin duda Madrid, donde viví mi adolescencia; Valencia, donde me críe de niño o Galicia; donde reside mi querida abuela. Pronto, muy pronto, me convenceré a mi mismo de cuál deseo, sea mi futuro en España. Y entonces conseguiré mi sueño desde mis doce años: un Porsche. Ese precioso coche, cuya belleza reside en su velocidad, en sus tantos caballos, en su capacidad para hacerte sentirte importante, en su presencia. Del color del cielo en esos días nublados; para mí, del color de la libertad y el poder; para los demás, solamente gris.
Pago al taxista. Me bajo y veo marcharse el vehículo con lentitud. Aquí, en Londres, son muy característicos por estar decorados con publicidad. Todo un espectáculo para el turista. Me doy la vuelta, justo delante tengo el bar. Busco con la mirada a David. Destaca por su estilo. Es esbelto incluso sentado. De pelo castaño y piel clara, ojos muy oscuros, sonrisa maliciosa, cuerpo trabajado. Siempre luciendo una de sus miles gafas de sol aún en invierno, un jersey de buen gusto y unos pantalones ajustados. Silenciosamente ando hasta su encuentro, está observando meticulosamente a tres chicas rubias inglesas. Una de ellas está buena, las otras dos se descartan al instante. Le pego una colleja.
-Ey.
-¿Atacas?
-No. Hoy me dedico a ti.
-Menudo honor.
-Pues sí, porque vaya tía la del centro.
-¿Has pedido?
-Hombre, está claro.
Nuestro gusto es similar, lo que le gusta a uno, siempre le sabrá bien al otro, incluidas las mujeres. Por eso, numerosas veces hemos tenido historias con la misma tía, aunque siempre cortas, sin importancia. 
-¿Qué ha sido esta vez?
-Estrella Galicia selección 2012.
-Tiene buena pinta.
-Claro, todo lo que proceda de allí la tiene.
-Empieza a decirme la razón de traerme hasta aquí.
-Qué directo.
-No me has conocido de otra forma. Cuéntame esos planes.
-Sí, sí. Vamos a ir en noche vieja al sitio ese que no se cómo se llama pero que está en pleno centro y que estuvo tan bien.
-¿El de las bebidas de calidad, la música bestial y las tías facilonas?
-¿Ves? Nos entendemos.
Nos empezamos a reír. Viene la camarera. No es muy guapa, simplemente está excesivamente pintada, pero tiene buen cuerpo. Dos cervezas y unas aceitunas con muy mal aspecto.
-Menos mal que venimos aquí por las raciones.
-Perdona, tío.
Coge el plato y tira la ración al suelo. Luego toma un sorbo de su bebida. Hace dos meses se acostó con la camarera. Yo le advertí que no lo hiciese, que acudimos normalmente al sitio, pero se guía demasiado por el placer.
-Me parece bien el plan. ¿Quiénes vamos?
-Pues Manu, José Carlos, Sebas, Tania, Andrea, Sergi y tú y yo. Por supuesto pueden venirse acompañantes. Y prometo que esa noche por mucho que beba, que lo haré, no me lanzaré a por ninguna tía –levanta la mano como jurando y me río-.
-¿Cuántos acompañantes?
-Te voy a decir por experiencia que no juegues con varias tías.
-Lo digo por si me llevo a una chica que quiera ir con su grupo de amigos también.
-Entonces claro. ¿Quién es esa chiquita? ¿Será españolita, no?
-Natalia.
-Lo es. Bueno pues si tiene alguna amiga…
-Si te ligas alguna cuidado con hacerle daño. No trates con indiferencia sus sentimientos o te daré una pequeña paliza. Estás avisado.
-Pero bueno… Es importante esa chiquita.
-No estoy seguro, pero espero que así sea.
-Tengo que conocer a esa tal Natalia que te hace tan duro y aguafiestas.

***

Día de caza. Nos lanzamos en busca de regalos ingeniosos, sorprendentes, divertidos, inesperados. No hace falta que sea útil, solo que haga feliz a su dueño. Lo hablamos en el aeropuerto mientras esperábamos hora y media a que anunciasen que nuestro avión estaba listo para que embarcásemos. También acordamos juntarnos todos los que allí estábamos para comprarle algo verdaderamente bonito a Estef, costase lo que costase. Cinco meses sin verla era demasiado para todos.
-¿Está claro?
Asentimos. Aunque seguramente alguno que otro ha estado en algún otro sitio de su cabeza mientras Roberto indicaba el tiempo que teníamos, para empezar, yo.
-Bien, pues. Nos veremos a las siete de Inglaterra en este mismo sitio. Son cinco horas. ¡Ya!
Los tres chicos corren. Las chicas nos acompañamos hasta la puerta y allí Amanda y yo nos deseamos suerte para encontrar lo que buscamos y Sandra sonríe incomoda. Nos dispersamos.
El nublado que hace deja pasar algunos rayos de sol que alegran un poco el mediodía. Me pongo mis Ray Ban del tipo Jackie Ohh. Con sólo un poco de sol me conformo para lucirlas. Comienzo a pensar en las próximas compras. No tengo nada seguro. Nada es acertado, nada me convence. Suena mi tono de llamada, “Apologize” de Timbaland y One Republic. Una canción algo vieja, bastante de hecho, pero su melodía me enamora, me trae buenas sensaciones. Observo la pantalla, una “D” me saca un suspiro.
-¿Diga?
- ¿Te acuerdas de mí?
-Si eres alguien cuyo nombre empieza por “D”, no.
-Muy graciosa. Por eso me gustas.
Sonrisa silenciosa. Mía y suya seguramente, sabe que me ha pillado con esas palabras.
-¿A qué se debe tu llamada?
-Me preguntaba qué haces y qué planes tienes.
-Que poco te dura a ti lo de “si puedo te llamo”.
-Te hizo mella eso, ¿eh?
Tú sí que me haces mella, ¿cómo lo sabe todo? Me impresiona este chico.
-Bueno, que te desvías con tu egocentrismo. ¿Eres imaginativo?
-Soy divertido, ¿te basta?
Me río.
-Sí, suficiente. Pues…me ayudarás a buscar regalos de navidad.
-Hecho. Pero con una condición. Di que me necesitas.
-¿Solo? Te necesito.
-¡Oh! –Se calla, sorprendido.- Ha sido más fácil de lo que pensaba.
Menos mal que no lo sabe todo, no se hace una idea de lo que le necesito.

Hemos quedado en un bar. No distingo dónde estoy. Lo único que sé es que me ha mandado meterme en un taxi y me ha obligado a pasarle el móvil al taxista. Y aquí me encuentro. Miro de un lado a otro rápido, no hay tiempo que perder. Me meto corriendo al baño. La chica que se está maquillando me mira sorprendida. No es fea, tampoco guapa; para mi gusto demasiado maquillaje. Le sonrío y me reviso. Informal pero llevo mis botas preferidas.
-Estás muy guapa.
Me sorprendo, la chica del baño es española y me piropea.
-Gracias. No viene mal ahora mismo ese comentario –sonrío-.
-¿Has quedado con algún chico?
-Sí. Uno que está buenísimo. He conocido a muchos chicos pero este sale de los límites de la perfección.
-Yo sólo he conocido a dos así. Y eran amigos. Primero fui con uno, el más elegante y seductor, pero me derretí ante el infiel y rebelde; los dos sabían muy bien cómo conquistar.
-¿Y sigues con el segundo?
-No, fue algo breve. Ahora tengo una guerra interior, no sé a por cual lanzarme.
-Tienen pinta de ser difíciles. Hazles poco caso, dicen que funciona.
-Me caes bien. Ten cuidado con tu príncipe contemporáneo, los más guapos son los peores.
-Lo tendré en cuenta.
Salgo del baño con la advertencia indirecta que me ha mandado bien grabada. No me cae mal, pero sus palabras llevaban una mezcla entre envidia y confianza. No llego a entender su tono, pero me olvido. Tengo que buscar a mi principito contemporáneo.

***

Ahí está. David me ha dado su consentimiento. Está de acuerdo conmigo, es un diez. Nos hemos escondido y la hemos observado desde lejos. Necesitaba su opinión, siempre. Guapísima, se queda de pie delante de la entrada del bar. Lo mejor de ella, todo. Su pelo, sus ojos, sus labios, su sonrisa, su mirada, su cuerpo… Lleva unos pitillos azul marino apretados que marcan sus piernas, una camiseta a rayas rojas y blancas que se estrecha notablemente realzando su pecho, un abrigo beige fino y corto concordando con sus botines de piel vuelta y tacón ancho y su bolso espacioso, y un colgante que aparenta ser antiguo. Sabe vestirse, es puntillosa con los detalles, es elegante. Para mí eso da mucha categoría a una mujer. Me enloquece, no pienso dejarla escapar.
-Chss, chss.
Me mira con esos ojos expresivos que tanto me gusta leer. Asiente en forma de saludo.
-Veamos, ¿para qué querías verme?
-Te corrijo, tú querías verme. Yo solo te utilizo para terminar esto antes.
-Busted.
-¿Qué dices?
-Que me has pillado. Vamos de compras.
-Pero estoy hambrienta, no he desayunado nada.
-Haremos una parada en alguna cafetería que encontremos.
-¿Por qué no ésta?
Me río sinceramente, empujo su espalda y echamos a andar. Si nos hubiéramos quedado, Ale la camarera vendría a estropearlo todo. Y es que siente algo por David y ha iniciado una guerra contra él y la gente que le rodea. Son las consecuencias de jugar con los sentimientos, como le he prohibido anteriormente. Y hasta hace poco, yo era exactamente igual. Ironías de la vida, yo que las controlaba a todas he caído en el embrujo de una chica que ahora controla mi corazón sin saberlo.

viernes, 5 de abril de 2013

...VI...


Buenos días por la mañana. Frase típica de Roberto. Y es que sí son buenos. Una razón: el sueño con el chico que parecía un modelo y me llevaba a una simple y perfecta cita aquí en Londres de sorpresa, ¡no era un sueño! Me levanto, me miro al espejo. Hoy me veo guapa. Él me hace sentirme así, guapa, considerada, especial. Tengo ganas de salir del hotel, de pasear al aire libre y recordarlo todo. Realmente me dejó marcada ese chico. Espera, ese chico no… ¡Daniel! Me sonrío. Qué suerte tienes chica del espejo. Pongo música en mi móvil. La subo y, aunque no tenga un volumen alertador como el que quiero, entra por mis oídos y acompaña mi euforia. Me lavo la cara con agua fría, me recojo el pelo en un moño débil y alto y salto por el cuarto despeinandome. Descorro las cortinas, el tiempo es frio, triste y oscuro, pero no importa, no. Río descaradamente, suspiro hondamente. Si es que es… Me tiro a la cama, me extiendo y me quedo tranquila y feliz. Cierro los ojos. Habíamos prometido no decirnos el nombre esa noche, y lo recibí en un mensaje justo cuando empezó un nuevo día, cuando nos despedimos. Yo le devolví el regalo con el mío. Llaman a la puerta. Abro, Estef, que mira mi expresión. No ha venido en toda la noche, no sé dónde estuvo. Pero ahora lo que importa es lo que pasó ayer, y ella lo reconoce.
-¡Ooooooooh! Tú esta noche… ¡sexo! Menos mal que no molesté.
-¿Qué? No soy tan fácil. –Le lanzo una mirada pasional.- Aunque no me hubiera importado…
Gritamos todo lo que podemos. Me siento bien, expulso todo mi entusiasmo. Cerramos la puerta de un golpazo y saltamos todo lo alto que podemos.
-No es tan fácil resistirse. ¡Está buenísimo!
-Pues te quedas con las ganas, es solo mío.
Se sienta ilusionada, siente todo lo que siento. Es una ventaja de hablar con Estef. Somos yo y ella, yo soy ella, ella es yo.
-¿Cómo es? ¿Qué hicisteis? ¡Empieza, chiqui!
-Para empezar: me lo comía entero. Es tan tonto… Jugueteamos, me cautivó su sonrisa y su mirada, era como si me leyese los ojos. No tengo ni idea de cómo aguanté y no babeé porque es el chico con el mejor cuerpo y más guapo que he visto en mi vida. Es gracioso, se interesa por mí, me desnuda con la mirada… ¿Sabes lo que es eso? Es indefinible.
-¡Ya lo vi! Qué envidia, guarra.
-Amanda sí que tenía envidia.
-¡Nadie lo puede negar! A ti no, pero a ella se le caía la baba. Unos celos por no ser ella  la chica a la que quería conocer desde el día dieciocho…
 -¡Qué gran frase!
Nos reímos. Estef me observa pensativa.
-¿Qué piensas?
-¿Qué es lo que repetías cuando conociste a Juampi?
-No sé por dónde vas. ¿Qué era mi príncipe? En esa temporada era muy niña. ¿Qué repetía?
-Lo contrario. Que era muy tonto.
-Es verdad… Así dices tú que defino a los tíos de los que me enamoro.
Estef asiente y me quedo paralizada al mismo tiempo que el moño se deshace y unos pelos caen en mi rostro. ¡He dicho que es tonto demasiado pronto!

***

Un sonido alerta mi mente. Mis oídos lo detestan, es intermitente y agudo, solo puede ser el teléfono. Alargo el brazo para contestar, gracias a que soy inteligente y cuando me quedo solo en casa lo traslado a mi mesilla de noche.
-¿Sí?
-Brode…
-Brode. ¿Qué tal? ¿Para qué llamas?
-Pues por saber algo de ti, chaval.
-Te contestaré a lo que me pidas.
-No son preguntas. Hace mucho que no nos vemos y te quiero comentar algunas cosillas de estas navidades.
-Te diría que no, pero me has cogido sin nada que hacer.
-Y aún así, yo sería siempre más interesante.
Nos reímos. Un amigo al que conocí porque me lo presentó Anne, la hippie. Tardamos poco en llevarnos bien puesto que, al igual que yo, es español y le encanta la juerga. Aunque siempre me he preguntado qué es lo que les une a esos dos. Ella es demasiado liberal y tranquila, él es un fiera y, a decir verdad, no le agrada la gente que no es de su estilo.
-Tomamos una tapa de las españolas. Donde siempre, puntales. Me encanta esa palabra por cierto.
-¿Quién te entiende?
-Españolas, gili. En dos horas. Vente guapo, ya que eres un imán normalmente para las mujeres, hoy serás mi amuleto.
-Claro, claro. Porque no consigues nada tú solo.
-¡Olé!
-Nos vemos.
Colgamos. Desde luego que le voy a conseguir chicas, se las voy a dejar todas, porque la de ayer las supera sin creces. Y porque, siendo sincero, me ha robado la mayoría de los pensamientos.

viernes, 29 de marzo de 2013

...V...




Y aquí estoy, un veintiuno de diciembre. Por fin, después de tanto tiempo volviéndome loco. Tanto tiempo ansiando tenerla cerca, mirar sus peculiares ojos. Tanto tiempo esperando saber cuál es el perfume que la caracteriza, un rastro que perseguir si la perdiese algún día. Y es tal como ella parece, dulce y tentadora. Tenía razón, ella es perfecta. ¿Qué hago? ¡Me pongo nervioso! Solo quiero conocerla, yo no creo en eso del amor. Porque no tengo edad de enamorarme, me toca disfrutar la vida salvaje. ¿Por qué coño pienso esto? No te preocupes, tú eres el amo. Tú controlas a las mujeres. Pero ella tiene todo el derecho a darme un “no”rotundo, porque ella es ella, perfecta en su todo.
-Tenía ganas de conocerte. Desde el día dieciocho.

***

¡Con que quieres conocerme! Es guapísimo. Me ha esperado, buscado, encontrado.
-¿Cómo sabías cuál era mi hotel?
- Debe ser siniestro.
-¡Ni te imaginas cuanto!
-¿Te invito a tomar algo?
La propuesta me deja sin palabras, lo deseo demasiado.
-¡Qué si hombre, que va contigo! Si se está haciendo la interesante…
-Ella, mi amiga Estefanía, que lo sabe todo de mí –gracias Estef por sacarme la respuesta-.
-Encantada…
-Cómo no, encantado. Sí lo sabes todo, es cierto que quiere venir –su sonrisa atractiva y rebelde aparece momentáneamente-.
-Mientras pagues tú, me vale –río-.
Un trofeo. Las palabras de Amanda, claras y sutiles suenan en mis oídos. “Los chicos importantes las adoran, a las chicas trofeo”. Lo soy sin explicación alguna, de repente, junto a él. Pero por dentro manda sobre mí, me afecta como el champan.
-Decidido entonces, ¿te llevo a...?
-Tomar un helado, gracias. Hoy te voy a salir barata…
-¿Eso significa que habrá más veces?
-¿Por qué no? Eres guapo...
Se empieza a reír mostrando sus blancos y perfectos dientes. Mi corazón percibe su sonrisa, noto como se acelera y me aumenta la necesidad de aire. Me río con él, esta vez sincera, tal cual como yo soy. Me doy la vuelta antes las miradas expectantes de mis amigos, la recepcionista y el botones, y una pareja cuyo mayor entretenimiento hoy parece haber sido nuestros flirteos. Empiezo a andar contoneando las caderas. ¡Qué bien me lo voy a pasar!

-Mmmmmmmm… me encanta.
-Te dije que era la mejor heladería de la zona, ¿por qué iba a mentirte?
-Tienes varias razones…
Me mira, intentando adivinar lo que pienso. Me gusta jugar con él. Enredamos las palabras para divertirnos. Nos volvemos locos el uno al otro, y no solo por los juegos. Es tan atractivo, tan desenvuelto, tan gracioso.
-Tienes buen gusto.
-¿Por qué lo dices? ¿Por decidir venir contigo?
-Por tomar helado en invierno.
-¿Soy la primera?
-Sí que te haces la interesante.
Me sonrojo y bajo la mirada instintivamente. Un segundo después poso mi mirada en sus ojos que me prueban, elevo el mentón.
-¿Y eso a qué viene?
Titubeo.
-Era una prueba.
-¿Y qué ha sido?
-Que tengo muy mal ojo. Siempre me busco a las frías.
Esboza su sonrisa otra vez. ¡No ha notado nada! Si que podría interpretar como decía mi madre. Me voy a comprar un regalito, por saber manejar a este chico de película. Un vestido que le deje fascinado. ¿Enserio, Natalia? Sí, por qué no.
-Vamos, cogeremos otro taxi.
-Lo que quieras.
-Pues vamos andando.
Me rio. ¡Qué tonto! Me lleva hasta una parada de autobús. Esperamos poco tiempo hasta que llega. Paga los dos viajes y me dirige hasta la segunda planta. No hay nadie excepto una madre y su hija al principio de todo.
-Elige, compañía o final.
-¿Medio? Los finales siempre me dan miedo.
Me mira pidiendo una explicación. Porque todos los finales suelen ser feos. Todos los finales con hombres, un final contigo querría sincerarme. Justo cuando se sienta, la madre y su hija se marchan abajo. Ando hacia atrás dando pasos seguros y palpando los asientos. Me sigue.
--Siempre he querido montar en uno de estos autobuses. Por las películas.
-Pues ya está, conmigo tu primera vez. No puedes decirme que soy aburrido.
-Contigo no se lo pasa ninguna mal.
-Tú me intentas volver loco. Tan sincera a veces, tan misteriosa otras.
-Eres tú, ejerces ese efecto.
Inclina la cabeza hacia el lado analizando mi respuesta. Después comenzamos a comentar los lugares que aparecen y desaparecen durante el corto trayecto.
-¿Por qué no me cuentas tu historia?
-¿Qué tipo de historia? ¡Llegamos!
-Pues que tú no eres inglés, –se lo insinúo mientras bajamos en la tercera parada, intentando disimular el ansia de saberlo- eso está claro.
No dice nada, caminamos muy ligeramente hasta la entrada del hotel. Parece que tiene ganas de despistarme y largarse. ¿No le he gustado? Me deprimiré, joder. Pues yo quiero volver a verle. Y lo voy a asegurar. Saco el móvil, y entro en la agenda, nuevos contactos. Su nombre, x. Se para, casi nos chocamos. Me agarra con dulzura y seguridad, sus manos son grandes y fuertes, calientes y atentas.
-¿Y tú?
-Está bien. Pronto nos la contamos los dos, ¿trato?
-Igual la tuya no es lo suficientemente emocionante.
-Te conformas conmigo, soy interesante, tú lo has dicho.
-Bueno, dame tu móvil. Deja algún tipo de señal que ya hemos llegado.
-Estás desesperada, eh.
Él me tiene localizada, sabe mi hotel. Me hago entrar en razón. Nunca le dejes a un chico decir la última palabra.
-Me marcho.
Empieza el último tonteo.
-Vale. Dame tu número. Si puedo te llamo en estas Navidades.
Si puedo… ¿Le digo que estoy de paso? A lo mejor lo dice para ponerme nerviosa, para conocer si quiero esperar o no puedo hacerlo. Me tiende el móvil y lo apunto.
-No has dejado que me escape, tú también estás desesperado.
-No mucho –me guiña un ojo rebelde, me atrae-.
Le demostraré que sí, que tanto como yo, que esto no termina aquí. Un beso y le encadeno.
-Mira… Me he tomado un helado de vainilla.
-Y yo de chocolate.
-Listo. ¿Cómo sabría si lo mezclamos?
Miro sus labios, sus ojos, sus labios, sus ojos. Me muerdo mi labio inferior. Picante, deseoso. Riesgo.
-No me gusta la vainilla, lo siento.

***

Me doy media vuelta, cruzo la calle. No miró atrás. No lo sabe pero me encantaría probrar ese sabor, su sabor. Me gusta, mucho además. Ha jugado conmigo y ha sido dulce inesperadamente. Sus ojos me desvelan todo lo que piensa. Natalia. Sonrío. No es la única que se comporta así; la dejé ganar en la heladería cuando se sonrojó y la he silenciado gracias a mis últimas palabras. No va a desaparecer de mi cabeza, maldita sea. Menos mal que no ha habido beso alguno, no aguantaría. Ni siquiera intento negarlo. Son las 11.00 a.m., las 00.00 de España, de su reloj. Saco el móvil recreando en mi mente su risa de un suspiro, tan solo ella ríe así.
“Daniel”

...IV...




Doy vueltas, me encuentro en un remolino que gira y que me vuelve loca, con sus líneas violetas, naranjas, azules marinas… Me levanto con esfuerzo pero caigo de nuevo, exactamente como mil veces antes lo he hecho. No consigo ponerme en pie, mantenerme firme en ese lugar caótico. Y resbalo y mi cuerpo gira y me propongo enderezarme y una fuerza tira de mi y la gravedad me atrae hasta ese final que tanto espero y vuelve a convertirse en un nuevo remolino y cierro los ojos y siento la cabeza atraída como hacia dos polos opuestos. ¿Y esos golpes exagerados? ¿El pulso de alguna música? ¿Alguien aporreando esas paredes estrambóticas?
Mi mundo real me vuelve a la cabeza, lo veo a través de esas ventanas oscuras cerradas que me pesan, que no puedo abrir a pesar de las ganas. Esas que me protegen de tantas imágenes, que siempre me acompañan para no dejar ver mi dolor y a la vez demostrarlo con lágrimas llenas de sentimientos. En este momento son conscientes de la irritación que me produce la luz apenas cegadora pero totalmente deslumbrante a mi vista. Están llamando a la puerta, era el sonido. Obligo a mi cuerpo a levantarse y cansado obedece. Me pesa, replican mis piernas. Con la mínima fuerza que encuentro abro la puerta sin preguntar antes quién es.
-Buenos días, niñas. A despertar que es hora.
Roberto. Ni me resigno a mirarle. Me doy media vuelta y vuelvo arrastrando los pies hacia mi cama rogando a quién sabe qué que no intente molestar. Entro en ese calor de cama que parece materno y lo agradezco.
-Gracias, Natalia, guapa.
-De nada.
Se ha escuchado mi ruego. O quizás Roberto ha escuchado mi voz ronca que suplica silencio. De cualquier forma me habla por susurros. Estamos un rato en silencio, algo extraño en mi amigo y de nuevo vuelve a ser el de siempre:
-Necesito que veas lo siguiente. Va a ser legendario.
Se lo debo y pronto me tendré que despertar totalmente, por lo que sonrío y abro lenta y medianamente los párpados. Veo que se deshace de sus pantalones y su camiseta, se despeina y se tumba con cuidado en la cama de Estef junto a ella. Pone una mano rozando su torso y se hace el dormido. Espero un rato sin saber qué hace en este instante ni qué ocurrirá un momento después. Y me sorprende como siempre lo hace con sus jugadas.
-¡Dios! ¡Dios mío, no!
Estef se ha levantado precipitadamente con aspecto histérico. Con unas ojeras terribles se queda mirando a su acompañante.
-Joder, ¿cómo he caído tan bajo?
-Sin insultar, y sin gritar por favor.
-Estef… no me esperaba esto de ti, tía.
Su cara de horror me anima a ayudar a Roberto en esta mentira. Nunca la había visto tan preocupada. Mi mejor amigo se merece que le ayude, se la ha jugado bien.
-No le contemos esto a nadie. No quiero recordar esto, y lo digo por ti Nat.
Dando la espalda a Estef me guiña un ojo y me mando no reír. Estef sigue muda, asintiendo en absoluto silencio mientras sus pupilas reflejan un trauma. Me doy media vuelta y río en silencio tapada por las sabanas. Oigo como la puerta se cierra, Roberto se ha ido. Unos pasos se alejan con dirección al baño y unos segundos más tarde se escucha el recuerdo revuelto del estómago de una persona afectada por un mal despertar y una intensa resaca.

Ha empezado a llover, chispear en realidad. Cojo mi abrigo y el paraguas. Me vendrá bien tomar el fresco después de estar encerrada en un cuarto a base de ver la televisión e intentar, sin ningún resultado, conectarme a internet. ¿Es que estos ingleses no entienden que es vital visitar facebook y acceder al correo? Por lo visto no, y a mí me van a volver loca. Necesito saber algo sobre Juampi, lo he llevado bien pero estoy desesperada por comprobar que no está de parejita feliz con la chica que rompió nuestra relación. Mientras medito, se abren las puertas del ascensor.
-¿Qué haces aquí?
-¡Hombre Nata!
-No me llames Nata, Nico…
-Y tu no pongas esa cara de culo, ¿qué te parece raro exactamente de visitar a una amiga malita?
-¡No tengo cara de culo, imbécil! Es solo… que nunca sois tan atentos vale…
-Mal pensada –Rafa pone cara de cachorro y simula que le afecta mi comentario-.
-Eres muy dura con ellos, Nat.
Me doy la vuelta y veo a Roberto jadeando y con una sonrisa maliciosa.
-¿Y tú por qué estás aquí?
-Nunca –es lo único que dice mientras mira con expresión dura y seria a los dos hermanos-.
Nico y Rafa se miran. Estoy perdiendo tiempo y se ha marchado el ascensor. Pobre Estef, tener que aguantar a estos tres estando mareada.
-Bueno, en cuanto venga el ascensor me voy a comprar comida y a buscar una farmacia. Ya sé que es una tontería pero… ¿quiere venirse alguno?
Piensan, se observan entres los tres. Me meto en el ascensor que ya ha llegado. Última oportunidad.
-Venga, yo.
No me lo creo. ¡Nico! Si que soy desconfiada. Parecen preocuparse de verdad…
-¡No! ¿Qué tramáis panda de asquerosos? –Estos quieren jugársela a Estef.- Estefanía está mala, no voy a dejar que le hagáis nada.
-Vosotros seguir, yo aclaro las cosas. Encárgate de nuestro asunto Rafa, - me mira- que no tiene que ver con jorobar a nadie –añade-.
Roberto está confuso, intenta deducir a través de las miradas de los gemelos cuál es su plan y llega a alguna conclusión. Rafa se da cuenta y echa a correr al mismo tiempo que él. Nico me agarra de la cintura y me dirige al ascensor.
-Veras Nat… le hemos robado el móvil a Roberto y hemos descubierto que tiene… ¿cómo decirlo…? Una chica a la que ama en secreto.
Me pilla desprevenida, ¿cómo puede ser que no me lo haya dicho? La primera chica a la que quiere...
-¿Quién es, –Es lo único que llego a decir- quién?
-No lo sé.
-Ya. Seguro. Vamos. Soy yo. Soy Natalia. ¿No nos queremos?
Se abren las puertas del ascensor. Le suena el móvil y lo coge mientras me sigue con la mirada controlando que no escuche nada. Simplemente asiente. Cuelga y se vuelve hacia mí lentamente.
-Te haces de rogar eeeeeeeeh. ¿Qué quieres para contármelo?
-Nada, es que no hay nada que contar. Era una coña que le íbamos a hacer para molestarle, pero ya no viene a cuento. Ya nos conoces, siempre jodiendo –pronuncia las palabras atropelladamente y con un miedo cómplice en el tono-.
-Sí, te conozco y por eso sé que nunca me dirías eso. Te lo sacaré.
-Más te vale que no.
Y nos quedamos así. Los dos mirando hacia delante, rígidos. Yo, sorprendida y ansiosa por saber, saber quién será la chica y por qué es mejor que no me entere; y Nico callado por el impacto que le ha producido esa llamada.

Salimos del restaurante que se encuentra al lado del hotel. Acabamos de desayunar a la misma hora que los demás días. Siempre tan tarde. Y no es por mi culpa, ni por la de Nico o Rafa. Quizás tampoco de Roberto. O probablemente por culpa de los cuatro, ya que ninguno ha dormido muy tranquilo esta noche. Intentamos disimular que no sabemos, que no pasó lo lo de ayer noche. He estado dando vueltas en la cama, levantándome a hurtadillas para no despertar a Estef y poder lavarme la cara con agua. Ese asunto se inmiscuye en mis pensamientos una y otra vez. Y más aún cuando me doy cuenta de las ojeras que tiene Roberto y lo tranquilos que están Rafa y Nico. Los cuatro nos hemos saludado aparentando normalidad, pero se respira desconfianza. El desayuno, más que llenarnos de comida nos ha llenado de agobio. Desafiantes miradas que pretendían dejar al descubierto los pensamientos del otro, pocas palabras cruzadas que llevaban como segundo significado encubierto un “a mí no me mientes”. Nos despedimos y soy la única que se va en ascensor, ¿por qué justo me evitan a mí? Y esas dudas, esos rodeos, nadan en la marea de mis problemas, porque se acaban de convertir en un nuevo náufrago que quién sabe cuándo rescataré. Aunque espero que pronto.

...III...


Algo frío resbala por mi tripa, quizás es solo el aire, quizás estoy soñando, quizás Juanpi está a mi lado como de costumbre y me da besos después de haberse tomado un helado. Es su costumbre de las mañanas cuando alguna noche nos cogemos y disfrutamos el uno y el otro, el uno junto al otro, el uno del otro. Después recorre mi barriga desnuda con su helada lengua hasta el cuello, donde me da dos besos, cada uno a un lado, y sucesivamente llega a mi boca y nos fundimos en una sola persona. Es dulce, cariñoso. Pero ese algo frío no sube por mi tripa, desciende congelado hasta…
-¡Joder Estef!
Se desternilla.
-¡Pero sí que has tardado en darte cuenta! Si ponías una cara de gusto que no podías con ella…
No deja de reírse. Me sonrojo y me levanto rumbo al baño. Si supiese lo que he pensado… No ha estado allí, junto a mí, sufriendo al igual que lo he hecho yo. Desconoce.
-Vamos, que nos cierran el chiringuito de abajo. Ya verás, nos vamos a poner de comida hasta el cuello.
Abro la puerta. Me mira y cesa su risa. No puede ser que haya notado nada… Quizás esos pensamientos que uno tiene, tan bonitos, que ya han acabado, te recolocan la expresión de la cara. Intento ponerme de morros, tanto como puedo. Juampi…Pero aunque sea mi mejor amiga ella siempre está vivaz. Y ya han pasado dos semanas de todo esto. Justo cuatro días antes de que Roberto me avisara del viaje. Lo había superado por completo. Me siento al borde de la cama, cojo la almohada y la abrazo. Estef esta tremendamente preocupada por mí. Pongo cara de loca y… ¡Zas!
-¡Por capulla!
Ríe junto a mí. La paliza sigue. Y cuando me paro a descansar me tira contra la cama, me quita la almohada y me golpea. Golpe, golpe, golpe. Le rodeo el torso y damos vueltas hasta caernos, lentamente, en el suelo que nos depara con una alfombra para suavizar el dolor.
-Somos unas rebeldes de la vida.
Su sonrisa ancha. Su pelo rojizo y corto que le cae de un lado revuelto. Su pijama de Hello Kitty como si de una niña pequeña se tratase. Esa frase en la que mil veces me he imaginado su tono, cuando la escribía junto a una carita sonriente en el e-mail. ¡Qué gran pérdida cuando te fuiste!
-No lo dudes.
Estef, una gran amiga. Una respuesta para todo. Siempre está en las mejores ocasiones. Pero no es de esas personas a las que les dices continuamente cuánto aprecio le tienes. A ella le van más las cosas alarmantes, en esas en las que el corazón se te pone a mil por hora y consigues escapar dando un suspiro. Por algo nos ha invitado, porque nos echaba de menos y porque no tiene otros como nosotros, con los que montar esa clase de pollos. Qué grandes navidades vamos a pasar juntos, reunidos y libres por Londres.

-Por fa, ¡por favoooooooooooor! Quiero desayunar, necesito desayunar…
Le encanta comer, bueno y no solo a Roberto. Aporrea la puerta como abatido y pone los ojos en blanco. Me rio con Estef y Sandra. Es cierto que ellas tardan menos en arreglarse, Sandra porque no se esmera en sacarse partido y Estef porque no necesita mucho tiempo, pero aún así Amanda tarda más que yo, y es un alivio porque, además de que no me importa esperar, si fuese yo la última me tocaría escuchar las quejas.
-No entiendo por qué las chicas tardáis tanto.
-Bueno, tardamos en conjuntar la ropa, tenemos que peinarnos, nos pintamos… Sí, básicamente eso.
-Vale, es una excusa. ¡Pero serviría si solo fuese un cuarto de hora más!
-Buenos días a todos. Ya podemos bajar –Amanda aparece en el resquicio de la puerta tranquilamente-.
-Ya era hora. Veamos, ¿habéis preparado la mochila: llaves; móvil; cámara de fotos, Estef; dinero y gafas de sol etc, etc…?
-Síííííííííííí. -Al unisono, lo gritamos, es nuestro primer día en Londres.
Salimos del ascensor, cada uno habla con los demás, o juntos o por separados. Sin ningún rato de soledad y aburrimiento.
-¡Te mato Amanda!
Carcajadas fuertes y sinceras. Resulta que los ingleses tienen otros horarios y no quieren esperar, o nos ajustamos o nos jorobamos.
-Busquemos algo cerca. No es tan grave Roberto.
Y a Amanda no le importa lo más mínimo haber sido la culpable. Salimos a buscar algún restaurante o algún bar donde saciar nuestro apetito bien y pronto, o mejor dicho, saciar el hambre de Roberto.
Vemos dos bares donde solo se encuentra gente mayor hablando de lo que les pasó ayer o incluso esta mañana, o quizás lo que les sucedió años atrás. También vemos un restaurante que tiene buena pinta. Nos acercamos y miramos los precios, ni muy caros ni muy baratos. Entramos. Son las doce y cuarto, a lo mejor los ingleses ya están comiendo. Pedimos una mesa, bueno la pide Estefanía, y nos sientan. El camarero es joven y rubio y tiene pinta de majo. Nos dedica a cada uno su sonrisa jovial y yo se la devuelvo mientras le digo una de las pocas cosas que se en inglés: “thank you”. Ojeo la gente que hay, un chico joven bien arreglado, una familia inglesa que está almorzando ahora, una pareja mayor que come y tres hombres con traje. Los niños de la familia numerosa se acercan susurrándose cosas al oído. La niña más mayor que tendrá unos siete años se da cuenta de que la miro y sonríe mientras se sonroja.
-¿Quieres una flor?
Me quito la amapola que adorna mi pelo y se la acerco con el brazo. Me observa con curiosidad y se ríe, que cucada de risa tiene, se acerca con pequeños pasos y se la coloco. Sus padres la llaman y se va, no sin antes despedirse con la mano y unos coloretes rojizos.
-Tan mona como tú, Nat–Nicolás sonríe maliciosamente, no le entiendo-.
-¿Sabes a quién me ha recordado?, a ti cuando te pusiste rojo por las largas que te dio la azafata.
Cuando salimos le pregunto a Estef qué quiere que visitemos, me da un mapa y se pone las gafas de sol con altanería mientras me da a entender con su chula mueca que lo decida yo, que a ella no le importa y que sabe que estoy dispuesta del todo a hacerlo.

Cada vez que veo algún río recuerdo el significado de estas corrientes, corrientes llenas de vida que discurren a su manera, libremente, con dificultades por el camino e irregulares, con vida propia que un día llega a su fin, pero que ha hecho un largo recorrido que ha merecido la pena, se podría decir que ha visto mundo. El Támesis es el río más importante de allí. Los muros del conocido puente con azules soportes forman una muralla que prohíbe el paso a las apreciadas corrientes, tan fuertes como para provocar que ondas de agua golpeen contra las paredes de la barrera, y unas fuertes sacudidas dejen libres algunas gotas que acompaña al aire y humedezcan aún más la tarde de invierno.
-¡Hagamos nos fotos! Estef, saca tu cámara, guapa.
Saca su cámara Reflex. Estuvo obsesionada con tener esa cámara durante dos años y había ahorrado y ahorrado. Ya había tenido más de ese tipo claro que, según ella, no es una cámara cualquiera, ¡es de lo mejorcito! Desconozco sobre el tema, pero reconozco que sacan unas fotos espléndidas.
-¡Haznos varias como tú sabes anda!
Con el “Tower Brigde” detrás nuestra, recién pintadas de azul sus cuerdas, sus enormes arcos dejando pasar a los coches, el río Támesis a los lados y parte de Londres a lo lejos. Primero sonriendo a lo loco, después pasándolo bien, luego naturales, seguidamente haciendo el tonto, sucesivamente de tres en tres y por parejas… Ella nos coloca en cada una y dudo si se da cuenta o no, pero cuando nos hace una foto que le gusta se le escapa una mirada brillante y soñadora.
-Y ahora, vas a dejar esa camarita tuya y le vas a decir a alguien que nos haga las fotos, aunque te pongas de los nervios cuando está en manos de otro.
-No me hables como si fuera tonta que al final, ¡lo parezco!
Recogemos a un hombre que está paseando tranquilamente y Estef le explica, y sobre todo, le previene con que se ponga la correa en la muñeca y ante todo no la deje escapar.
-¡Digan patata!
Y abrazo a Estef y la aprieto, y nos miramos con risas falsas y reales a la vez, que queremos que capte la cámara, y ese efecto de día nublado favorece las fotos, que sale con nubes negras, grises y azules y un sol escondido que aparece por rendijas de esas esponjas. Y me vuelvo a poner melancólica como aquel día en el avión. Porque mis amigos son los mejores, porque están hechos para mí, porque son fantásticos y no desprecio ningún momento junto a ellos. Porque esas fotos no son simples fotos, son las que un día recordaremos, nos hicimos en nuestro inolvidable viaje a Londres.

-Hoy no pasa.
-No, ¡ni de coña! ¡Como que soy Roberto que hoy vamos!
-Pues eso tampoco impone mucho…
Reímos mirándonos unos a otros y asintiendo porque es la pura verdad.
-Pero eso no quiere decir que no podamos hacer otras cosas, es que sois más vagos, enserio, lo sois y mucho –recalco ese último comentario-.
-Yo estoy con Nata, lo somos. Pero a mí me gusta.
Más risas, mas asentimientos de cabeza y puñetazos en el hombro de Nico demostrando el apoyo a ese comentario.
-No me llames Nata…
-Está bien. No te preocupes Natalia, tenemos muchos días para disfrutar, ¿entiendes? Hoy vamos a pasar el día descansando y reponiendo fuerzas para la noche, lo daremos todo.
-Encárgate de buscar el sitio Estef.
-Sí, y qué más. Yo trabajo para vosotros y además de perder energía no consigo recompensas.
-Pues claro que sí. Uno de eso ligues que consigues en las discotecas inglesas, de los que nos has contado. Nosotros queremos pruebas –en tono misterioso y con un guiño Rafa intenta poner nerviosa a Estef-.
-¿Qué? ¿Sigues sin creerme? Pues ya veras, ya…
Nos dispersamos cada uno a nuestros cuartos. Toda la mañana para nuestro yo. Me paro delante del espejo. Pruebo peinados que me puedo hacer, nada, ninguno me queda bien.
-Vas a gastar tu imagen… Te sientan de madre todos.
Estef y sus comentarios, Estef y su serenidad, Estef y su forma de apaciguarme y hacer que suelte una sonrisa.
-¿No llamas a tus padres? ¿O quizás a otra persona?
¿Qué otra persona? ¿Es que sabe lo de Juampi? ¡Ya estamos! Vueltas y vueltas y vueltas. Recordar te hace daño. Tengo que olvidarme de todo y, como dice Amanda, ser una diva de noche.

Calle Terminus Place. Discoteca Pacha. Tenemos experiencia y reconocemos su calidad. Son las dos de la noche. Hemos estado esperando alrededor de treinta y cinco minutos para entrar pero siempre merece la pena. También pagar cuatro euros del ropero y haber cogido el último tren Victoria para llegar. Por no hablar de tener que volver en bus cuando estemos ebrios.
Disfruto de la música, me meto entre la gente agarrando a Amanda de la mano y arrastrándola hasta las plataformas. Sin duda el mejor lugar para absorber el ritmo. Hoy me apetece pensar que convierto a alguien en afortunado. De momento solo nos movemos al ritmo del house. Siento los zumbidos en los oídos y los temblores y botes de la gente en mis pies. Me viene la euforia y salto al compás de los demás. Luego todos nos paramos de nuevo y volvemos a bailar a nuestra manera. Destaca un pequeño grupo de cinco chicas por sus movimientos sin miedo alguno a enseñar algo más que piernas y escote. Demasiado borrachas, mucha resaca y mucha sorpresa al descubrir sus avergonzantes fotos en la página web oficial. Pero como están demasiado borrachas, no se paran a pensarlo porque directamente no pueden. Pido en la barra una copa cualquiera que el atractivo “barman” me prepare, pero potente. Roberto se encargará de que no haga ninguna tontería así que me la tomo de un trago. Lo mismo otra vez, así me gusta, quemada por dentro. Hoy lo necesitaba. Un chupito y regreso con Amanda. Baila genial por lo que decido copiar alguno de sus movimientos. Bajo y subo, doy vueltas y me revuelvo en esa marea sin remedio. La música en mis oídos no deja paso a ningún pensamiento que me hunda, solo a baile, alcohol, chicos y risas. Gritos que no van acompañados de la música, gritos que la decoran ya que la música es la importante aquí. Y lo siento. El calor que anteriormente ha arrasado mi cuerpo descendiéndolo, por el contrario asciende hasta mi cabeza. No tengo capacidad de decisión, no debo hacer ninguna tontería pero mis impulsos me llevan a realizar locuras de las que me siento orgullosa pero lamentaré, y me convierto en una de aquellas chicas que están demasiado borrachas para pensarlo. Ahora sí que seguro, no dejo a pensamiento alguno que hunda mi ser, mi alegría, mi pasión, perturbar mi poca razón.
Powered By Blogger